domingo, 27 de noviembre de 2011

La mudanza

Le decía Sally, como la flor, la flor que nunca nadie antes había nombrado porque no existía, hasta el día en que la conocí, el día que conocí la flor Sally.
No era exactamente un brillante, era eso que no vale tanto como material pero que su valor sentimental alcanza a superar todo lo que existe en el mundo. Era tan frágil que las gotas de la lluvia golpeaban cual agujas punzantes su piel morena, pero era tan reina que nunca se quejaba de nada. El viento celaba su voz porque al pronunciar lentamente cada letra seguida de otra se sentía una leve brisa de primavera tibia. Me proporcionaba una sensación de “ir hacia atrás”, como cuando uno saca la cabeza por la ventanilla de un auto cuando este va por la ruta; cuando el soplo del movimiento hacia adelante impulsa tu alma en sentido opuesto y te hace reír de felicidad. Me detenía en la imagen de una última hoja cayendo del árbol seco en el pasto poblado de verdes intensos. Era una parte que abarcaba mi todo. Era un todo que abarcaba cada una de mis partes. Nos pertenecíamos por siempre, el uno al otro. Nos inquietaba el mañana, poder superar el ayer era casi inimaginable, sin embargo, aunque nunca supimos cómo, lo hicimos. Pero cuando ya no se puede superar más nada, paso algo que no puede no pasar…
No nos aburríamos el uno del otro, porque siempre dejábamos algo oculto para el después, para que cuando se encuentre ese algo vuelva todo a cero y el amor se renueve. No sé si el uno para el otro, pero si el uno por el otro. Dijimos que íbamos a estar unidos por siempre, y las promesas no se rompen. Pase lo que pase uno debe ser fiel a cada emisión sonora transformada en palabras. Mi legado era protegerla, seguirla a cada lugar para salvaguardarla de lo que pudiese lastimarla, usar mi fuerza para cuidar su inteligencia. Segundos sumados dan como resultado una vida plena, feliz y no distante del resto de las vidas. Envidiable, hasta algún momento.
Un barco no puede estar flotando sin el agua, el agua no puede estar contenida sin la Tierra, la Tierra no puede estar suspendida sin el espacio y yo no podía estar sin ella. Ni siquiera tuve que llorar su falta de amor, no sabía qué se sentía sufrir por amor, entonces no lograba entender a los que sí lo hacían.
Una vez me preguntó: “¿habrá nacido aquello que logre separarnos?” Mi respuesta fue muda, fue directa, ella me entendió mirándome a los ojos emocionada por comprender mi mensaje. Ahora entiendo que el que no había entendido era yo.
Siendo tan joven, un 11 de marzo de 2004 obtuve dos noticias antagónicas, por un lado la gestación de mi futuro heredero y por el otro la posible muerte de mi padre. El atentado de la estación de trenes Atocha en Madrid podría habérselo cargado. Ni bien llegaron las recientes y frescas imágenes por televisión y tras la llamada de mi preocupada madre no dudé en tomar el primer vuelo a España que consiguiese. Pedí a Sally guardar la noticia hasta que regresara por ser muy prematuro el embarazo, no alcanzaba ni dos meses. Con muy poca ropa y sin llevar ni el celular, partí.
Una vez en la nación hermana, me dirigí donde mis padres vivían, tras mudarse de Argentina en 2001 por cuestiones laborales. No pasaron muchas horas hasta que nos tranquilizó el llamado desde un hospital donde nos informaron que mi padre se encontraba dentro de los heridos que habían producido las explosiones. Fuera de peligro y de la lista de difuntos, todo parecía tomar su rumbo nuevamente. Telefoneé a Sally para despreocuparla y darle un número de contacto por cualquier cosa. De reorganizar todo correctamente en solo unos días más estaría para contarles a todos del embarazo y ser felices nuevamente. Si bien el destino forjo el reencuentro con mis padres eso me hizo muy bien. Verlos y entender que era quien era por ellos me llenaba de nostalgia buena. Me pareció tan oportuno contarles sobre mi futura paternidad que no me aguante un instante. Solo me abrazan y llenaban de augurios. Cerré los ojos y le agradecí a cada uno de los dioses en los que creen las personas por haberme premiado de tal manera. Solo tomo las buenas noticias. Borro las malas. Fui muy crédulo. Llegada la hora de partir, dejando detrás un par de días con mis padres y una nación conmocionada solo quedaba mirar hacia adelante y esperar ver crecer a mi hijo. Había empezado a sentir que algo me perseguía, me inquietaba la imagen de un par de ojos mirándome, aunque daba vueltas y vueltas nadie estaba presente. Un poco de locura producto de los acontecimientos frenéticos.
El avión entró en una zona de turbulencia, un pozo de aire o lo que fuera que hizo que se tambalee de un lado al otro. Temí por mi vida. Las personas gritaban, pedían ayuda, rezaban y entraban a la vez en pánico. Los truenos disipaban los ruidos del metal golpeando con más metal. Mis pulsaciones se aceleraban, mi respiración se notaba, comencé a sudar. Algo me llamaba. Salté del asiento y ese fue el motivo del final del sueño. Nada iba mal. Todo normal, aparentemente.
Fui muy ciego. Nuevamente en tierra y queriendo ver la evolución de la panza de Sally corrí hasta nuestro hogar, entré entusiasmado, pero no estaba allí. Intenté contactarla al celular pero me atendía directamente el contestador. Llamé a su casa de soltera, el teléfono sonaba y sonaba. Mi preocupación fue tal que el sentimiento de ser observado pasó a ser mi única compañía, ya hasta sentía familiar la mirada. Ni una nota ni nada. Las paredes eran mi piso y nadie me explicaba nada.
Fui hasta la casa de mis suegros, toqué timbre, me atendió el silencio. Me senté sobre los escalones de la puerta de entrada y pude ver como el sol se iba. Mientras dormitaba, unas puertas de un automóvil cerrándose me despertaron. Mi suegro, sostenía de un brazo, para ayudarla caminar, a la madre de Sally. Ambos compungidos y lagrimeando. Me abrazaron tan fuerte que me retrotrajeron a la clínica con mis padres. Mis dudas se iban confirmando, primero pensé que mi hijo ya no existía, hasta que me confirmaron que Sally ya no pertenecía a nuestro mundo. Mi sorpresa fue tal que me arrodillé sobre el camino que conducía a la entrada y levanté la cabeza para alcanzar ver el cielo oscuro, musicalizado por unos grillos. No me importaba más que verla, poder despedirme. Despedirlos. Una hemorragia, una extraña enfermedad y algunos otros factores desencadenaron en su muerte.
Y un día llegué para quedarme, pero quedarme fue difícil. Prometí volver pronto y estar a tu lado aunque no pude porque ya no vivías donde solías decir que lo hacías, ahora tu dirección era una placa de bronce con dos años y tu nombre.
Ahora solo pienso en mudarme muy cerca de ti…