El amor es una enfermedad inevitable,
dolorosa y fortuita.
Marcel
Proust
Eugenia
esperaba sentada en un árbol caído junto a un alambrado. Paralelo lo recorrían
las vías de un tren, oxidadas como el cabello de la joven. Con un cuadernillo
de hojas blancas lisas y unos cuantos lápices se dedicada a dibujar textos,
escribía, pero de tal manera que quien lo leía proyectaba imágenes cual
película de fantasía.
Siempre
decía que en ese lugar conocería al amor de su vida. Entre el verde césped y
los pastos secos de gran altura que intentaban acompañar los soplidos de las
nubes. Prefería el ocultamiento del sol por entre las edificaciones al frente.
Con las ventanas que quedaban con algunas luces encendidas, uniéndolas, recreaba
dibujos animados que nunca había visto.
El ruido
espeluznante de los hierros rodando sobre el acero no la desconcertaban ni un
instante. Los viajeros la conocían, no podían encasillarla en el estereotipo de
una vagabunda por su buena forma de vestir, siempre impecable y oliendo
bien. Ella formaba parte del paisaje y le
propiciaba belleza. Miles de hombres la cruzaban pero nadie reparaba en ella.
Ella tampoco. Cuando las luces se iban por completo quedaba a la espera de su
destino. Apenas iluminada por la luna seguía con sus textos sin título. No
lograba juntar esas pocas palabras que resumieran sus manuscritos.
Encantadores.
En un beso, sabrás todo lo que he callado.
Pablo Neruda
Juan
Manuel, un muchacho que un día decidió sentarse junto a ella, ganó su atención,
y el permiso para leer su cuaderno. Él derramó miles de lágrimas causadas por
el talento de Eugenia. Juan o Manuel, preguntó por qué tal obra de arte carecía
de título. Eugenia explicó que los rótulos encasillan las miserias humanas y no
dejan que estas se diluyan con el tiempo. Cada lector debería colocarle las
palabras más convenientes, representativas. Él sonrió irónicamente. Ella ya
había perdido. La noche estaba disipándose a lo lejos y Eugenia debía volver a
su casa.
Al día
siguiente, a la tarde siguiente, ella esperó, luego de escribir, parada mirando
hacia el andén, buscando a quien había conocido. Pero las personas así no
aparecen siempre del mismo modo, no están siempre en el mismo lugar, solamente
actúan de la misma manera. Por detrás oyó su voz saludándola. Desesperada, por
el temor anterior a perderlo, lo abrazó fuertemente. Juan no se inmutó y pidió
leer sus textos más recientes. Claramente estaban influenciados por el amor, él
lo percibió implacable. Besó el cuello de Eugenia y esta no pudo resistirse. Los
trenes no dejaban de pasar, y todo seguía más o menos igual. Solo un ínfimo
detalle había sido modificado, su futuro. Ya no miraba las ventanas, no
apreciaba las actitudes de quienes pasaban. Seguía cayendo en las garras del
amor. Un momento y él ya no estaba. Nuevamente su presencia volátil hacía uso
de su poder.
El más difícil no es el primer beso sino el último.
Paul Géraldy
Al tercer
día, como resucitada entre los muertos, se tiró sobre el verde extenso, se
obligó a terminar la historia en curso. Al acabarla, apareció Manuel, le quitó
el cuaderno y lo arrojó a un lado. Le sostuvo las manos, ella levantaba la
cabeza dejando en evidencia su pecho. La luna detrás de las nubes no lograba
iluminar el escenario. Él levantó el vestido de ella y bajó sus pantalones.
Eugenia gemía fuertemente, pero esos sonidos eran disimulados por la alarma del
tren aproximándose. Juan era un poco rudo pero Eugenia no se quejaba a causa de
su inexperiencia. Creía que cada una de las maniobras realizadas por él eran
apropiadas. Una sirena la hizo despertar a su lado, un poco dolorida y con el
vestido estropeado y manchado de sangre. Lo abrazó e hizo prometerle que jamás
la dejaría. La tormenta no tardó en llegar, con un fuerte trueno las gotas
caían salvajemente. El cuaderno de ella se mojó tanto que las grafías con lápiz
se borraban lentamente, más húmedo el papel más cerca del olvido sus textos. El
impacto de las gotas contra la tierra salpicaba barro que manchaba el vestido
de Eugenia y su cara. La sonrisa no se
iba. Ella se reincorporó como ayudada por alguien y se marchó hacia su casa,
ansiosa por contarle a nadie sobre su reciente acto de amor.
Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse,
antes al contrario, la hacen más profunda.
Gustave Flaubert
Una vez
más, sentada esperando solo consiguió ver como las personas que bajaban de los
vagones miraban hacia el lugar, sorprendidos, indignados y asustados. Algunos
con el diario entre manos, otros agarrándose la cabeza. De pronto, entre la multitud,
jugando a ser uno del montón, Juan, asomó su cabeza mirando hacia abajo, se
agachó, recogió un periódico y lo arrojó al final del andén, cerca del tronco
donde se encontraba Eugenia. Ella lo llamaba, se cansó cuando ya no lo divisó.
Entre ella y la foto que la observaba había una reja, que la mantenía presa de
su propio dolor.
Pasaron
unos meses de solemnidad abrumadora, Eugenia día tras día esperaba por su amor,
vagaba por el lugar soñando con el momento del reencuentro, una vuelta y una
mirada. Un grito, algo que le dijera que Juan seguía vivo. Se lamentaba por no
haberle preguntado su dirección, un teléfono. Un algo.
El verdadero amor es como los espíritus:
todos hablan de ellos, pero pocos los han visto.
François de la
Rochefoucauld
Recorriendo
de punta a punta las vías del tren utilizaba de punto de partida y llegada el
tronco que funcionaba como su taller de inspiración artística. Iba y venía.
Volaba.
Volvía
golpeando con la palma de la mano izquierda los pajonales y con los dedos de la
derecha enganchándose en la reja como intentando no llegar. Unos movimientos
extraños cerca de los edificios la ilusionaron e impulsaron compulsivamente a
correr hasta ahí. Definitivamente Manuel estaba, nuevamente en la escena. Parada
cerca de él, Eugenia quería comprender por qué estaba con otra mujer,
haciéndole lo mismo que le había hecho a ella y de la misma manera. Enojada y
destruida lo empujó junto con un grito. Juan Manuel quedó espantado al verla y
salió a correr. Eugenia abrazó a la mujer que se encontraba llorando tirada en
el piso. La mujer pareció no percatarse. Eugenia solamente dijo:
“Tranquila,
ahora entiendo por qué él no es capaz de amar a las mujeres…”
Ella tomó
su cuaderno y escribió:
Cada noche lloro pensando en ti desde que me dejaste en esta
oscura soledad.