sábado, 25 de febrero de 2012

El titular menos esperado


El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita.
Marcel Proust

Eugenia esperaba sentada en un árbol caído junto a un alambrado. Paralelo lo recorrían las vías de un tren, oxidadas como el cabello de la joven. Con un cuadernillo de hojas blancas lisas y unos cuantos lápices se dedicada a dibujar textos, escribía, pero de tal manera que quien lo leía proyectaba imágenes cual película de fantasía.
Siempre decía que en ese lugar conocería al amor de su vida. Entre el verde césped y los pastos secos de gran altura que intentaban acompañar los soplidos de las nubes. Prefería el ocultamiento del sol por entre las edificaciones al frente. Con las ventanas que quedaban con algunas luces encendidas, uniéndolas, recreaba dibujos animados que nunca había visto.  
El ruido espeluznante de los hierros rodando sobre el acero no la desconcertaban ni un instante. Los viajeros la conocían, no podían encasillarla en el estereotipo de una vagabunda por su buena forma de vestir, siempre impecable y oliendo bien.  Ella formaba parte del paisaje y le propiciaba belleza. Miles de hombres la cruzaban pero nadie reparaba en ella. Ella tampoco. Cuando las luces se iban por completo quedaba a la espera de su destino. Apenas iluminada por la luna seguía con sus textos sin título. No lograba juntar esas pocas palabras que resumieran sus manuscritos. Encantadores.

En un beso, sabrás todo lo que he callado.
Pablo Neruda

Juan Manuel, un muchacho que un día decidió sentarse junto a ella, ganó su atención, y el permiso para leer su cuaderno. Él derramó miles de lágrimas causadas por el talento de Eugenia. Juan o Manuel, preguntó por qué tal obra de arte carecía de título. Eugenia explicó que los rótulos encasillan las miserias humanas y no dejan que estas se diluyan con el tiempo. Cada lector debería colocarle las palabras más convenientes, representativas. Él sonrió irónicamente. Ella ya había perdido. La noche estaba disipándose a lo lejos y Eugenia debía volver a su casa.
Al día siguiente, a la tarde siguiente, ella esperó, luego de escribir, parada mirando hacia el andén, buscando a quien había conocido. Pero las personas así no aparecen siempre del mismo modo, no están siempre en el mismo lugar, solamente actúan de la misma manera. Por detrás oyó su voz saludándola. Desesperada, por el temor anterior a perderlo, lo abrazó fuertemente. Juan no se inmutó y pidió leer sus textos más recientes. Claramente estaban influenciados por el amor, él lo percibió implacable. Besó el cuello de Eugenia y esta no pudo resistirse. Los trenes no dejaban de pasar, y todo seguía más o menos igual. Solo un ínfimo detalle había sido modificado, su futuro. Ya no miraba las ventanas, no apreciaba las actitudes de quienes pasaban. Seguía cayendo en las garras del amor. Un momento y él ya no estaba. Nuevamente su presencia volátil hacía uso de su poder.

El más difícil no es el primer beso sino el último.
Paul Géraldy

Al tercer día, como resucitada entre los muertos, se tiró sobre el verde extenso, se obligó a terminar la historia en curso. Al acabarla, apareció Manuel, le quitó el cuaderno y lo arrojó a un lado. Le sostuvo las manos, ella levantaba la cabeza dejando en evidencia su pecho. La luna detrás de las nubes no lograba iluminar el escenario. Él levantó el vestido de ella y bajó sus pantalones. Eugenia gemía fuertemente, pero esos sonidos eran disimulados por la alarma del tren aproximándose. Juan era un poco rudo pero Eugenia no se quejaba a causa de su inexperiencia. Creía que cada una de las maniobras realizadas por él eran apropiadas. Una sirena la hizo despertar a su lado, un poco dolorida y con el vestido estropeado y manchado de sangre. Lo abrazó e hizo prometerle que jamás la dejaría. La tormenta no tardó en llegar, con un fuerte trueno las gotas caían salvajemente. El cuaderno de ella se mojó tanto que las grafías con lápiz se borraban lentamente, más húmedo el papel más cerca del olvido sus textos. El impacto de las gotas contra la tierra salpicaba barro que manchaba el vestido de Eugenia y su cara.  La sonrisa no se iba. Ella se reincorporó como ayudada por alguien y se marchó hacia su casa, ansiosa por contarle a nadie sobre su reciente acto de amor.

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse,
antes al contrario, la hacen más profunda.
Gustave Flaubert

Una vez más, sentada esperando solo consiguió ver como las personas que bajaban de los vagones miraban hacia el lugar, sorprendidos, indignados y asustados. Algunos con el diario entre manos, otros agarrándose la cabeza. De pronto, entre la multitud, jugando a ser uno del montón, Juan, asomó su cabeza mirando hacia abajo, se agachó, recogió un periódico y lo arrojó al final del andén, cerca del tronco donde se encontraba Eugenia. Ella lo llamaba, se cansó cuando ya no lo divisó. Entre ella y la foto que la observaba había una reja, que la mantenía presa de su propio dolor.
Pasaron unos meses de solemnidad abrumadora, Eugenia día tras día esperaba por su amor, vagaba por el lugar soñando con el momento del reencuentro, una vuelta y una mirada. Un grito, algo que le dijera que Juan seguía vivo. Se lamentaba por no haberle preguntado su dirección, un teléfono. Un algo.

El verdadero amor es como los espíritus:
todos hablan de ellos, pero pocos los han visto.
François de la Rochefoucauld

Recorriendo de punta a punta las vías del tren utilizaba de punto de partida y llegada el tronco que funcionaba como su taller de inspiración artística. Iba y venía. Volaba.
Volvía golpeando con la palma de la mano izquierda los pajonales y con los dedos de la derecha enganchándose en la reja como intentando no llegar. Unos movimientos extraños cerca de los edificios la ilusionaron e impulsaron compulsivamente a correr hasta ahí. Definitivamente Manuel estaba, nuevamente en la escena. Parada cerca de él, Eugenia quería comprender por qué estaba con otra mujer, haciéndole lo mismo que le había hecho a ella y de la misma manera. Enojada y destruida lo empujó junto con un grito. Juan Manuel quedó espantado al verla y salió a correr. Eugenia abrazó a la mujer que se encontraba llorando tirada en el piso. La mujer pareció no percatarse. Eugenia solamente dijo:

“Tranquila, ahora entiendo por qué él no es capaz de amar a las mujeres…”

Ella tomó su cuaderno y escribió:

Cada noche lloro pensando en ti desde que me dejaste en esta oscura soledad.

lunes, 16 de enero de 2012

No sabré olvidarte

“La memoria es el único paraíso
del que no podemos ser expulsados”
Jean Paul

Juan, tan solo un fragmento de tiempo. Unos 73 años. Un día despertó, tomado de la mano de su esposa, como solían dormir. Pero ella estaba un poco pálida, fría y muy distante. María lo había dejado. El amor de una vida escrita en sus arrugas. Antes de llorarla acercó sus labios a los de ella y le dijo: “ahora esperame vos a mi, como cuando de joven te esperé yo a vos” Se levantó por el lado derecho, se puso unas pantuflas color bordó y atravesó la habitación tratando de no voltear, pero la inseguridad de un sueño lo venció y en el marco de la puerta se detuvo a observarla. “Mi novia de toda la vida se me fue” Continuó hasta el teléfono, llamó a su hijo. Se acostó nuevamente a su lado, tomándola de la mano. Su hijo tenía llave, la que utilizó para poder acceder a la casa. Él no podía soportarlo, la relación más intensa existente en la energía terrestre. Su papá no lloró ni un instante, no podía permitírselo. Eran poquísimos en la familia. Lo que hizo aún más triste el velorio. Entre telas blancas, con una posición típica y rodeada de afectos estaba María sintiendo la situación. Un cajón de una madera increíble lustrada silenciaría a la mujer por siempre. Un velorio corto, apenas unas horas. El cementerio vacío y una parcela con tierra removida. Lo hicieron rápido, el dolor no iba a cambiar de todos modos. Unos jazmines impregnaron de aroma invisible todo el territorio mortuorio y entre este se fueron todos, por el gran portón metálico.
Juan se aisló del mundo tras su casita de barrio con rejas fileteadas bajitas. Parecía abandonada, no por un descuido, sino por la ausencia de movimiento habitual. Se empapó de viejas fotos, libros, algunas cartas que le había escrito ella. Su ropa, su perfume imperceptible para quien vive una vida junto a otra persona. Intentaba recordar su voz, sus retos. Le resultaba difícil. Hasta el jardín que ella tanto cuidaba y arreglaba se moría secándose.
Cuando el tiempo pasa arrastra junto a las agujas del reloj algunos recuerdos que uno creía y quería conservar por siempre. Tal vez Juan intentaba recordarla continuamente para mantener su espíritu más cerca del de ella. Las conexiones entre las personas, inexplicables pero latentes sostienen las lágrimas para que no se traduzcan en un lamento eterno. Un señor mayor, solo, aún muy querido, solo puede esperar su boleto dorado. Pero la espera, terrible y desgarradora, lo consumía por dentro. Dicen que las personas pueden morir de tristeza. Dicen tantas cosas.
Juan acurrucado en la cama solo esperaba cumplir con su rutina. Tomar algunas pastillas, pero no las que sobraban, ahora. Por las noches estiraba la mano buscando la de María y en ocasiones lograba tomarla por sorpresa cuando ella bajaba para protegerlo, pero lamentablemente para él, solo pasaba cuando estaba soñando. Los años pesan. Juan volvía muy lentamente a ser un niño. Se levantaba, hacía la cama, se lavaba los dientes y volvía a acostarse. Se vestía y ponía las camisas al revés. Al mirarse al espejo se sonreía e imaginaba que María le ayudaba a acomodarse la misma. Perdía las llaves dentro de su casa y olvidaba cuáles pastillas debía tomar y a que hora. Ya al final llamaba a su hijo para preguntarle. Si sonaba el teléfono y hablaba algún desinformado él decía que no conocía a María. Que nunca se había casado, que era soltero. Sostenía la foto de su amada y se preguntaba por momentos quién era y al instante estaba llorando por su muerte. A veces era letal y otras no tanto. Limpió el jardín, quitó todo aquello que estaba seco. Quitó todo. Guardó en una gran bolsa negra aquella vestimenta de mujer que no entendía por qué la tenía. La llevó a la calle y arrojó al cesto de basura.
Una mañana pasó por la puerta principal, la dejó abierta y se lanzó a caminar por el barrio. Compró unas cosas como si fuese un extranjero y se sentó en una plaza. El sol ya se partía en el horizonte cuando él se reclinó sobre un banco y cerró los ojos. La luz, la cual no era de la gran estrella, dibujaba una sombra extensa sobre el césped verde. Los grillos cantaban una canción de cuna y las nubes bailaban entre ellas. Un vecino que reconoció a Juan llamó a su hijo. Este llegó de inmediato a la plaza, se paró frente a su padre. Juan abrió los ojos y lo miró. En ese momento, su hijo comprendió por qué su padre había muerto…

domingo, 18 de diciembre de 2011

El hombre de la puerta oxidada

Un timbre, pasillos inundados de adolescentes grandes, algunos libros flotando entre ellos. En el montón Soledad, Ezequiel y Tomás. El grupo de años repetidos, las salidas ya instaladas como cultura, pero la vida avanza y las personas cambian. En la casa de Ezequiel, la puerta abierta con fuerza y las mochilas arrojadas sobre los sillones. Ellos desparramados por el living tomando unas botellas de cerveza y riendo a carcajadas. Se señalaban y contaban anécdotas de pequeños. Se complotaban entre ellos para burlarse del solitario. Los varones con la camisa casi desabrochada y ella con la pollera un poco subida de tono.

“Tomás y yo éramos amigos desde los 8 años. Nos contábamos todo. Eso creía”

Así como estaban corrieron hacia afuera y saltaron a la pileta. El sol era intenso, la primavera abrumadora. Secaron sus ropas cual reptiles en medio del desierto pero sobre reposeras. Eran como hermanos. Soledad se durmió y ellos la tomaron de sus extremidades y la volvieron a arrojar a la pileta. No se inmutó. Flotaba boca abajo, los dos se tiraron asustados rápidamente para sacarla y cuando lo hacían ella resurgió de su falso estado y se rió de ellos.

“¿Y si ya no era como una hermana…?”

Cada uno se fue a su casa, pero quedaron en encontrarse más tarde para comer algo y ver películas, era viernes. No tenían colegio al otro día. La noche no esperó y cayó de pronto. Soledad abrió la puerta y ellos ingresaron con unas botellas de vinos espumantes en la mano y las cajas cuadradas de pizzas. Encendieron el LCD, el DVD, apagaron las luces y se tiraron sobre la alfombra. Terror, el género elegido. Realmente les causaba miedo, se acercaron bastante el uno al otro, como cuando eran chicos y hacían una travesura y se escondían hasta que el enojo de los adultos cesara. Tomás gritó, dramatizando, que pausen el DVD. Necesitaba ir al baño. Soledad quedó mirando el televisor incómodamente, Ezequiel tocó su mano, esperó un momento y ante la indiferencia puso sus labios sobre los de ella.

“Al parecer ya no lo éramos”

Tomás hizo ruido a propósito para que se separen. Se enojó, agarró sus cosas y se fue. Soledad y Ezequiel no entendían nada. Se miraron, Ezequiel se levantó como para seguirlo pero ella tomó su mano para que lo dejase ir, mimosa designo el devenir de la noche. Tal vez lo necesitaba. La película no tuvo fin. El terror no había empezado.

“Tal vez sería el final de una amistad increíble”

A la mañana, ni bien amaneció Ezequiel fue a ver a Tomás. Sus padres le abrieron las puertas, subió a la habitación y entró asomando primero la cabeza y luego el resto del cuerpo. Preguntó qué quería, como enojado. Se sentó al lado, estaba tomándose las rodillas con los brazos. Ezequiel puso su mano sobre él y lo miró intrigado interrogándolo por lo acontecido. Murmuró algunas palabras y creyó entender qué sucedía. Pensó que Tomás estaba enamorado de Soledad. Seguía con la mano sobre él. Comentó que se hacía a un lado por él, por su amistad. Que solo había sido un beso de noche de alcohol. Solo eso. Le mintió. Tomás se incorporó lentamente, se arrodilló en la cama, abrazó a Ezequiel y lo besó, mitad en la mejilla y mitad en el labio. Ezequiel lo empujó enojado. Se quedó a un lado mirándolo seriamente. Retrocedió, bajó las escaleras rápidamente y se fue.

“Mi enojo era por lo sucedido, digo, que nunca me haya contado qué le pasaba conmigo. Quién era. Fue extraño, me alejé por eso. Creo…”

En el colegio, en lo que quedaba de tiempo en este, el grupo se dividió. Por un lado Soledad y Ezequiel y por el otro Tomás. Solo. Ellos iban de la mano, casi con un gesto burlón. Así durante los días que fueron pasando. La imagen de película era en primer plano Soledad y Ezequiel, y detrás, medio distorsionado Tomás, entre las sombras de los árboles violentos. Faltaba la lluvia para el drama.

“Por el momento era mejor así. Debía pensar que lo que hizo estaba mal y yo debía pensar cómo seguir adelante”

El último día, en la despedida, entre los festejos, la finalización del año, gritos y alegría Tomás seguía detrás, en segundo plano. Soledad y Ezequiel entre la multitud saltando, arengando canciones de fin de curso. Desplazando a la tranquilidad, de público los padres de todos ellos, la familia observando, con ganas de aplaudir. Rodeado de sonrisas comenzaron a correrse hacia la avenida para cortarla como medio de festejo extraño. Los autos se detenían normalmente, entendiendo la situación, algunos esquivaban a la multitud. Los familiares pidiendo que salgan del medio. Los directivos y profesores intentando seguir ejerciendo el poder que ya no existía sobre sus ex alumnos. Una acelerada lejana alertó a todos, de pronto un automóvil estaba demasiado cerca, se fueron disipando pero la velocidad alcanzó a Ezequiel. El cuerpo rodó por encima de la trompa del vehículo y luego se alejó unos cuantos metros. Tirado en medio de la calle. Tomás desde lejos observó todo. Corrió hacia su amigo, sin moverlo, tocó su rostro y le pidió que siga con fuerzas, que no lo abandone, afirmó que todo iba a estar bien. Ezequiel no reaccionaba. Entre los gritos se escuchaban los pedidos del llamado a la ambulancia. Tomás con los ojos nublados acercó sus labios a los de Ezequiel y los besó nuevamente, frente a todos, sin importarle nada. En ese instante llegaban los médicos, lo corrieron y le realizaron los primeros auxilios. Lo subieron a la camilla, luego a la camioneta y se lo llevaron. En medio de la calle nuevamente el primer plano se lo llevaba la ambulancia y de fondo entre la gente agarrándose la cabeza se veía a Tomas.

“No pude responderle nada…”

La situación de Ezequiel era muy delicada, los días corrían y los médicos repetían los pronósticos. Tomás lo visitó cada día. Hasta que un viaje con sus padres a otro país vecino tocó a su puerta. Las decisiones, a veces inoportunas, pero necesarias lo obligaban a dejar a su amigo, al amor de su vida, ahí tirado en una cama, lleno de cables, tubos. Con la vida tomándole la mano e intentando soltarlo. La despedida fue desgarradora, esta vez no lo besó, creyó inoportuno el momento, su amigo debía ser su amigo, y eso se lo había dejado claro el día que lo fue a visitar a su casa y terminó empujándolo sobre la cama.

“Hasta luego…”

Unos meses más tarde Ezequiel se recuperó lo suficiente como para que los médicos le diesen el alta. Un poco golpeado y atontado por el tiempo inconsciente salió con Soledad y sus padres por las puertas de vidrio corredizas de la clínica que había sido su último hogar. Preguntó por Tomás, pero Soledad no sabía su paradero, más que un viaje y un sin fin. El teléfono de la casa de Tomás sonaba sin ser atendido y su celular estaba apagado continuamente. El pasado…

“¿Dónde estás?”

Consagrado el amor entre Soledad y Ezequiel sus potenciales vidas se cruzaban constantemente. Vivían cerca como para ir a visitarse caminando. Tenían un camino único para recorrer. Siempre el mismo. En donde se cruzaban a las mismas personas, desde siempre. Desde la primaria, desde el accidente. Nadie sospechoso. Pasaban una y otra vez para ir a pasear, para tomar un colectivo. Para escaparse. Los tres eran del mismo barrio. Ahora solo dos de ellos. Pero se lo cruzaban, y nunca se dieron cuenta. Esa puerta, ese hombre. Esa obsesión sobre ella. Nos veía pasear de la mano. Eso fue lo que lo enloqueció.

“La mirada fría de ese hombre, apoyado sobre una pared sin terminar, sobre mí, revelaba mi muerte. No quería echar a correr, tal vez él quería eso, que fuese su presa, atraparme, ser más enfermo de lo que aparentaba. Sonreía cruelmente y no dejaba de observarme con deseo. No lograba ver sus manos, lo intenté pero no pude, debí correr, ahora se que debí hacerlo. Noté la ausencia de personas en todos lados, ya para entonces estaba tan solo a unos cuantos pasos. No pude gritar, no pude hacer nada. Un golpe fuerte con una vara de hierro me derrumbó y dejó cuasi desmayado en el suelo. Me arrastró lentamente con tanta impunidad de saber que no sería descubierto que empecé a temer por mi vida. Solo veía como una puerta de chapa oxidada se alejaba de mí, los muros de lo que parecía ser un pasillo me presionaban emocionalmente. Creo que me golpeaba mientras me llevaba hacia atrás. Intenté imaginar mi destino, mi futuro, lo que pudiera ser un después. Qué quería. Quién era. Tal vez un sádico. Mis dudas desaparecieron cuando desgarró violentamente mi vestimenta. No tenía mucha fuerza, sus golpes me debilitaban cada vez más. Susurró a mi oído frases libidinosas, pensé para asustarme. Fue en busca de una soga y me ató de manos y pies. Me tomó por detrás y con su mano sucia rozaba mi rostro, bajaba por el pecho y volvía a subir. El miedo ya se había instalado dentro de mí. Introdujo su mano por dentro de mi pantalón y tocó mis genitales por encima de la ropa interior. Lo hacía con tal fuerza que me producía dolor. Esperaba que el sueño se termine, o que eso sea un sueño o que sino lo era se transforme en uno. Nunca se transformó en nada. Quedó siendo lo que era. Para entonces ya casi no tenía ropa. Temblaba de incertidumbre y vergüenza. Ese hombre empezó a chuparme el rostro exclamando con alegría que aunque grite de dolor o placer nadie me escucharía jamás. Cuando forzó mi mirada y me obligó a observarlo se me nubló la visión por las lágrimas y ese fue el motivo por el cual no pude verlo. Mis sentidos solo percibían sufrimiento, nunca me había sentido tan humillado hasta el momento que supe luego fue el último instante. Sus dedos se deslizaron desde mi nuca por la espalda. Me agarró de los pelos con una mano, puso mi cabeza contra una pared húmeda y con la otra me violó. Sus dedos me quemaban por dentro y mis gritos no calmaban el padecimiento. No tenía clemencia, se alimentaba diabólicamente del hedor del temor. Soltó mi cabeza empujándome hacia el piso, me dejó unos segundos ahí. Rogaba el final de la historia, pero de pronto el ruido de un cierre bajándose me obligó a intentar con un brazo buscar algo para defenderme, una pisada muy fuerte en la cabeza me detuvo. Me levantó del cuello y me pidió perdón con una voz imperdonable. Me obligó a practicarle sexo oral mientras me sometía a golpes simultáneos. ‘Vamos a cambiar de jueguito’ exclamó. Me cubrió la boca con unos trapos engrasados, para entonces ya me costaba tragar saliva. Lo que ocurrió luego fue peor que todo el comienzo, la aberración del sometimiento continuo. Lo que, lamentablemente, nunca fue con Tomás estaba siendo con este hombre. Una vez, ya ni recuerdo cuando, en un canal de esos de documentales explicaban qué hacer en un caso como este. No perder la calma. ¿Cómo no perderla si el pene de este hombre no solo lastimaba mi ser sino que destruía mi esencia? Al final, cuando gritó desesperado como si hubiese ganado algo, encendió un cigarrillo, me acarició la mejilla y me preguntó mirándome a los ojos ‘¿Te gustó?’ Corrí la mirada y eso lo enfureció. Tomó la barra de metal y comenzó a golpearme, quién sabe cuántas veces. Solo se que sentí dos golpes. Entonces el sufrimiento había terminado, estaba en otro lugar pero en el mismo de siempre, tirado a su lado sin poder respirar y desnudo”

El hombre vistió a Ezequiel como si de un muñeco se tratase, lo emprolijó bastante y lo dejó en un rincón del cuarto húmedo esperando que el tiempo hiciera con él lo que hacía con todos los muertos. Era su trofeo de guerra. El hombre había ganado.

“Luego comprendí todo. Era tan evidente. A veces no miramos como deberíamos hacerlo. Simplemente actuamos por impulsos, como ese hombre, el de la puerta oxidada”

Mientras se suscitaban esos acontecimientos Tomás volvía de su viaje, utilizando de país de vacaciones su país natal. Decidido a hablar con Ezequiel para aclarar las cosas. Dejó todo en su casa y al salir el clima había cambiado drásticamente. Unas nubes oscuras tapaban el sol, siendo la tarde parecía media noche. Caminó unas cuadras. A unos metros de la puerta oxidada, esta se abrió. Detrás apareció el hombre. Tomás le pasó por al lado. Se alejó unos cuantos metros mientras el hombre cerraba la puerta.
Esta vez el primer plano era Tomás, de fondo, entre el cielo oscuro, el hombre de la puerta oxidada lo miraba atento, sin mutarse, sin saber lo que había provocado.