lunes, 16 de enero de 2012

No sabré olvidarte

“La memoria es el único paraíso
del que no podemos ser expulsados”
Jean Paul

Juan, tan solo un fragmento de tiempo. Unos 73 años. Un día despertó, tomado de la mano de su esposa, como solían dormir. Pero ella estaba un poco pálida, fría y muy distante. María lo había dejado. El amor de una vida escrita en sus arrugas. Antes de llorarla acercó sus labios a los de ella y le dijo: “ahora esperame vos a mi, como cuando de joven te esperé yo a vos” Se levantó por el lado derecho, se puso unas pantuflas color bordó y atravesó la habitación tratando de no voltear, pero la inseguridad de un sueño lo venció y en el marco de la puerta se detuvo a observarla. “Mi novia de toda la vida se me fue” Continuó hasta el teléfono, llamó a su hijo. Se acostó nuevamente a su lado, tomándola de la mano. Su hijo tenía llave, la que utilizó para poder acceder a la casa. Él no podía soportarlo, la relación más intensa existente en la energía terrestre. Su papá no lloró ni un instante, no podía permitírselo. Eran poquísimos en la familia. Lo que hizo aún más triste el velorio. Entre telas blancas, con una posición típica y rodeada de afectos estaba María sintiendo la situación. Un cajón de una madera increíble lustrada silenciaría a la mujer por siempre. Un velorio corto, apenas unas horas. El cementerio vacío y una parcela con tierra removida. Lo hicieron rápido, el dolor no iba a cambiar de todos modos. Unos jazmines impregnaron de aroma invisible todo el territorio mortuorio y entre este se fueron todos, por el gran portón metálico.
Juan se aisló del mundo tras su casita de barrio con rejas fileteadas bajitas. Parecía abandonada, no por un descuido, sino por la ausencia de movimiento habitual. Se empapó de viejas fotos, libros, algunas cartas que le había escrito ella. Su ropa, su perfume imperceptible para quien vive una vida junto a otra persona. Intentaba recordar su voz, sus retos. Le resultaba difícil. Hasta el jardín que ella tanto cuidaba y arreglaba se moría secándose.
Cuando el tiempo pasa arrastra junto a las agujas del reloj algunos recuerdos que uno creía y quería conservar por siempre. Tal vez Juan intentaba recordarla continuamente para mantener su espíritu más cerca del de ella. Las conexiones entre las personas, inexplicables pero latentes sostienen las lágrimas para que no se traduzcan en un lamento eterno. Un señor mayor, solo, aún muy querido, solo puede esperar su boleto dorado. Pero la espera, terrible y desgarradora, lo consumía por dentro. Dicen que las personas pueden morir de tristeza. Dicen tantas cosas.
Juan acurrucado en la cama solo esperaba cumplir con su rutina. Tomar algunas pastillas, pero no las que sobraban, ahora. Por las noches estiraba la mano buscando la de María y en ocasiones lograba tomarla por sorpresa cuando ella bajaba para protegerlo, pero lamentablemente para él, solo pasaba cuando estaba soñando. Los años pesan. Juan volvía muy lentamente a ser un niño. Se levantaba, hacía la cama, se lavaba los dientes y volvía a acostarse. Se vestía y ponía las camisas al revés. Al mirarse al espejo se sonreía e imaginaba que María le ayudaba a acomodarse la misma. Perdía las llaves dentro de su casa y olvidaba cuáles pastillas debía tomar y a que hora. Ya al final llamaba a su hijo para preguntarle. Si sonaba el teléfono y hablaba algún desinformado él decía que no conocía a María. Que nunca se había casado, que era soltero. Sostenía la foto de su amada y se preguntaba por momentos quién era y al instante estaba llorando por su muerte. A veces era letal y otras no tanto. Limpió el jardín, quitó todo aquello que estaba seco. Quitó todo. Guardó en una gran bolsa negra aquella vestimenta de mujer que no entendía por qué la tenía. La llevó a la calle y arrojó al cesto de basura.
Una mañana pasó por la puerta principal, la dejó abierta y se lanzó a caminar por el barrio. Compró unas cosas como si fuese un extranjero y se sentó en una plaza. El sol ya se partía en el horizonte cuando él se reclinó sobre un banco y cerró los ojos. La luz, la cual no era de la gran estrella, dibujaba una sombra extensa sobre el césped verde. Los grillos cantaban una canción de cuna y las nubes bailaban entre ellas. Un vecino que reconoció a Juan llamó a su hijo. Este llegó de inmediato a la plaza, se paró frente a su padre. Juan abrió los ojos y lo miró. En ese momento, su hijo comprendió por qué su padre había muerto…

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