Las historias de amor se escriben de a dos, esta sin embargo se había escrito sola. Una historia es de amor cuando se suceden momentos felices en ella, pero no todo es color de rosa, como si el rosa fuese felicidad, es rosa la sangre cuando se va desparramando por el agua, se hace rosa la sangre roja cuando mancha el cuerpo puro de una joven virgen… En las historias de amor transcurren momentos no tan felices, hasta trágicos, o no. Pero si es que existen esos feos momentos, son esos momentos los que atraviesan como una flecha mortal el amor de la historia feliz, la van marcado y haciéndola sufrir, por eso siempre morimos al final, porque nos desangramos por los flechazos de un Cupido que no existe, de un Narciso que nos paraliza y de una Afrodita que nos enamora. ¿Será que el amor existe realmente? Dónde queda registro del amor que pasó por nuestras vidas, se puede dar amor o recibirlo intangiblemente como el aire que respiramos, que lo sentimos pero no lo vemos, sin él morimos pero por él morimos también. Seguir respirando es seguir viviendo, y seguir viviendo es acercarse de a poco a la muerte. Una vez muertos solo vivimos la muerte, pero de una u otra forma absurda seguimos viviendo.
Por otra parte una historia de amor es historia cuando ya pasó, porque en el momento que acaece es presente. La historias de amor en si, no existen.
Un timbre profundo y tan lejanamente cercano levantó la mirada de Simón, lo despertó del sueño casi húmedo que estaba teniendo y lo golpeó contra la mirada de Sofía, que salía del curso hacia el recreo sonriendo, sacudiendo el cabello e invitándolo con sus movimientos a salir tras ella. Era el último año antes de la separación de unos cuantos que se conocían hace más de una década, todo había pasado muy rápido, no obstante en los sueños no pasa el tiempo y si lo hace solo basta volver a cerrar los ojos para que comience de cero todo. Lamentablemente la vida no es un sueño. Si lo fuese, al despertar de la vida terminaría todo para siempre. Simón ya casi que soñaba despierto, Sofía era su sueño. Ese sonido que hizo que ella se fuese por un momento, al que llaman timbre, marcó que ella saliese y cuando volvió a sonar, pero esta vez sin el efecto anterior, hizo que regrese a sentarse en su lugar. Las manecillas que avanzaban llegando una y otra vez al mismo lugar le contaban en secreto a Simón que se acercaba el momento de esperar hasta el otro día para verla, para que se repitiesen los momentos que el tanto disfrutaba al verla ser ella. El tiempo es, hoy, la cuarta dimensión, Simón se sentía en ella, Sofía al parecer no quería registrarlo, casi paradójicamente, ni le daba la hora. Ya todos quietos en el aula, en una clase un profesor preguntó algo, algo importante, algo determinante, ambos levantaron la mano casi al unísono, se miraron, ella lo vio en los ojos de él, y entendió que debía empezar todo para que terminase, no le interesaba nada, creía en el destino, él, en cambio, no pudo ver sus propios ojos, tal vez por eso no vio lo que ella sí, tal vez por eso continuó adelantando las agujas del tiempo, feliz por poder hacerlo, y eternamente infeliz por desconocer lo que jamás debió siquiera acercarse a la historia. Al final, ninguno de los dos respondió a la pregunta.
De ese suceso pasaron meses que llevaron a un agosto del mismo año, un agosto que empezaba con dos manos unidas fuertemente, que guardaban un calor que luchaba contra el frío del invierno. Del resto de la relación no importa mucho, ya que hacían culto a los clichés más estereotipados del cine. Solo importa un día en especial, uno que salieron a caminar por ahí, y más que caminar, corretearon por las calles nevadas de Buenos Aires. Un sonido de muerte fue lanzado por un camión que iba velozmente hasta ellos, uno le impidió al otro que terminara de cruzar la calle, los dos fueron hacia la vereda rápidamente marchando a la inversa pero esto bastó solo para no ser embestidos por el camión, el hielo provocó un resbalón brusco que impulsó el acoplado de este, se soltó y aplastó a Simón y Sofía, tomados de la mano esta vez luchaban contra la muerte y no contra el frío del invierno.
Simón despertó unas semanas más tarde, casi recuperado, fracturas y traumatismos ya quedaron en el pasado para él. Vio a su padre y preguntó por Sofía, ella no había corrido la misma suerte, al parecer mientras él mejoraba día a día, ella se moría un poco más. Pidió primeramente, y luego exigió ir a verla, como pudo, con ayuda, un suero colgando, vendajes, hematomas llegó hasta donde estaba su pareja. Notó el estado de esta, apretó los dientes, y después la lengua contra el paladar, tragó saliva y mientras hacía esto un escalofrío tibio recorrió su cuerpo, pero desde los pies hasta la cabeza. Movió la vista buscando lo que sabía estaba ahí, y vio a una Sofía que no era su novia parada al lado de la tiesa moribunda, se acercó a ella y escuchó que susurraba unas palabras: “Un día cerré los ojos, no pude abrirlos hasta hoy, pero ya no veo desde aquellos ojos que había cerrado. Ahora soy una otra que se ve a si misma, me veo con los ojos cerrados, con una lágrima que quiere escaparse, pero teme ser el ultimo dejo de vida en mi... Tal vez el día que esa lágrima se vaya o se seque lo haga junto a mis ganas de vivir, de seguir o de morir. Me sorprende como una lagrima puede tomar vida y brillar por mi, intenta mantenerse ahí, noto que le cuesta, y cada vez más. No soporto verme así, me voy a acercar y con mi mano y un suave movimiento la voy a borrar de mi rostro...” La Sofía susurradora al terminar lo miró fijo a Simón dándole a entender que lo que había dicho era para él. Él se acercó aun más a su novia y la acarició por última vez, quitando del medio eso que tanto la inquietaba, sacando la lágrima de su rostro. Se dio media vuelta y muy despacio como había llegado se retiró hasta su habitación. Cuando terminó de acostarse su padre le informó que lamentablemente Sofy, como la conocían en la casa de Simón, se había ido volando para cuidarlo desde el cielo. Él le sonrió y le dijo: “Gracias por intentar trasformar la muerte, pero la muerte no es como el tiempo, la muerte si existe” Un desconsuelo reino en Simón.
Cumplido un tiempo que consideró él mismo el prudente, se vistió, agarró un morral que tenía, y caminó un tiempo largo, para pensar, entró por unas rejas grandes y anchas que terminaban en muros blanco y altos, desprovistos de vida. Se sentó en lo que sería la tumba de Sofía, sacó del morral una hoja y un lápiz y garabateó:
“Se que esto fue un accidente. El accidente que no fue. Fue provocado por alguien o algo, en estos casos nunca se sabe. Supe que no podía volver el tiempo atrás, y entonces mucho menos la muerte, supe que nunca más vendrías hasta mi ni yo iría hacia ti, supe que ya no te amaba más, porque estabas muerta, y no puedo amar a la muerte que te mató, supe entonces que yo, fui tu muerte. Perdón.”
Dejó la hoja apoyada sobre la cruz de cemento y se fue caminando muy despacio como había llegado. Había llegado, la muerte, había llegado.
¿Podemos evitar lo que sabemos que es inevitable? Esa fue la pregunta del profesor. Ella supo que no, él en cambio, no respondió, solo, secó su propia lágrima.
pedazo de tonto me haces llorar!!!
ResponderEliminarMuy lindo, te quiero mucho