A veces, el silencio es la peor mentira
Miguel de Unamuno
Sebastian, de chico, solía escribir, aunque aprendió a hacerlo a una edad más tardía que los demás, como si algo lo retrasaba, evitaba el momento, el futuro, que ahora es presente y ya es pasado. No hablaba mucho, o más bien no demasiado, lo normal, lo que una persona habla cuando quiere hablar y lo que calla cuando quiere callar, pero sus silencios decían más que sus palabras. Sus silencios eran su vida. Nadie nunca llegó a leer nada de lo que él escribió, lo hacía a escondidas, en cualquier momento, a cualquier hora, pero siempre en el mismo lugar. Lo que escribía no se parecía a nada ya escrito, por su vida, por lo que hablaba o callaba, aún no lo comprende. No seguía una línea en cuanto al género, rompía cuanta regla narrativa existía, creaba su estilo propio. Improvisaba sobre las improvisaciones, sus historias trasladaban al lector al mundo que Sebastian creaba, tenía esa virtud, era más que un don. Él no lo sabía, pero su silencio algún día iba a cambiarlo todo…
Convertía cuanta palabra se cruzaba en su cabeza en algo poético, más bien les daba vida, les permitía escribirse solas, les daba esa libertad, libertad que él no tenía, que se la había quitado el silencio. La luz, el tiempo, las sombras, la sangre, el viento, el frío, todo lo que plasmaba en una hoja era sublime, traspasaba el límite de la escritura, se alejaba tanto que se perdía, aunque no se daba cuenta de eso. Creía que lo hacía bien, pero no tanto. Poseía un cuaderno, del tamaño oficio o A4, ese era su mundo, o parte. Cuando se le ocurría algo iba a buscar rápido ese mundo para copiarlo apresurado para que no se le olvide, aunque se le ocurría todo tan rápido que seguro muchas ideas le quedaban en la mente, atrapadas allí, o esperando en silencio para algún día salir. No podía solo poner una frase para continuarla luego, siempre, absolutamente siempre se entusiasmaba escribiendo hasta que terminaba una historia, y empezaba otra, o modificaba la anterior para mantenerla viva, porque consideraba que cuando una historia suya culminaba, moría. Sus historias le hablaban mientras transcurrían, pero cuando colocaba la palabra “fin” quedaban mudas, y ya no le susurraban. Él las enmudecía no mostrándoselas a nadie, si lo hubiese hecho sus historias estarían vivas continuamente, es más, se continuarían escribiendo solas.
En una oportunidad, se le ocurrió escribir sobre su vida, lo que todos suelen llamar biografía, pero lo hizo de una manera muy especial, colocando solo palabras, separadas por puntos, puntos seguidos porque la vida es seguida, y no había punto final porque un punto final es el fallecimiento, y nadie puede poner punto final en una autobiografía. La misma decía: Nacimiento. Nombramiento. Felicidad. Crecer. Gatear. Caminar. Balbucear. Hablar. Preescolar. Llorar. Pelearse. Madurez. Primaria. Muerte. Actuar. Desarrollarse. Secundaria. Reír. Terminar. Decidir. Escribir. Dudar. Incertidumbre… Es o era extraña su vida, eran solo palabras, todo lo expresaba en una historia, menos su vida. Aunque solo para él esas palabras se unían en alguien que se llamaba Sebastian, de apellido Bach, él. Seguramente le aburría la idea de lo convencional y por eso la “narró” así, palabra por palabra. Si las leemos detenidamente lograremos entender su vida, está tras cada letra, en cada espacio, en cada punto seguido.
Sus años en el colegio no lo marcaron positivamente, ni siquiera lo marcaron. Siendo común era el chico raro, solo por ser común y corriente. Los adolescentes son crueles, lo hacían sentir diferente, sin poseer razones justas para hacerlo. No resaltaba ni se diferenciaba de los demás, solo estaba pegado a un cuaderno, en el que escribía en el recreo o en las horas libres, en algún momento lo hizo constantemente, se había vuelto adicto, se obsesionó con la escritura, tal vez porque se aislaba de la realidad, o iba a la misma, esgrimiendo un puente de fantasía escrita, un puente infinito con final, el cual cruzaba con un esbozo de sonrisa y una emoción cualitativa, algo extraño, algo como Sebastian. Era extrañamente indescifrable.
No tenía una personalidad marcada, o más bien visible, clara, entendible. No se conocía su forma de pensar, ni sus opiniones respecto al entorno, a la política o la sociedad. Lo poco que alguien pudo saber de él era porque leyó algo que encontró de casualidad en un papel que estaba arrugado y tirado por ahí, solo, discriminado del resto de las historias, decía: “No soy normal, las personas que escribimos no lo somos, creo personas que no existen, ni existirán (lamentablemente), se me aparecen, sus rostros, sus formas de vestir, peor aún, creo mundos, estados de ánimo, uno todo en fondos blancos con líneas paralelas que estructuran la vida de esos seres inalcanzables. Les pasan cosas que yo decido que les pase, y en realidad no les pasa nada, porque no existen para nadie, solo para mi, entonces sí, de una forma u otra, existen, yo los conozco, pero ellos a mi no, soy su Dios, pero ni siquiera dudan de me existencia. No solo no soy normal, sino que soy un tirano, que los condeno a mi gusto, por diversión, no debo ser su Dios, debo ser su infierno. Su silencio o el mío”.
En una ocasión o tal vez en dos, azarosamente empezó a contar sobre sus padres “Mamá y papá, o papá y mamá, ¿en que orden debería colocarlos? Eso da igual, mis personajes y sus mundos o mis mundos y sus personajes existen gracias a ellos, en cierta forma, porque nací de ellos dos, sin pedirlo, ellos escribieron mi historia, o al menos la empezaron y luego me dieron el lápiz a mi. A partir de ese momento estuve solo, escribiendo. Ellos estaban ahí, por ahí, no me molestaban, ni yo a ellos, tuvimos una relación normal de padres e hijo, siempre les reclamé un hermano, pero parece que luego de tenerme a mí, su lápiz ya no escribía… Mis padres hicieron todo lo que creyeron correcto para educarme, no puedo juzgarlos por eso”
Sebastian, una tarde oscura, cansado de algo que nunca escribió, encendió una filmadora, la apoyó sobre algo y se alejó de la misma, la miró consternado y pronunció solo algunas palabras, mostró su cuadernos, lo hojeó, y se quedó en silencio. Tomó una lapicera de color azul que escribía en negro, la colocó sobre una de las hojas de su cuaderno y trazó lo que posiblemente sería una futura historia. Cuando la terminó, se levantó de la cama, en donde la estaba escribiendo recostado, buscó por su habitación hasta encontrar su mochila, la cargó con algunas cosas que la cámara no alcanzó a registrar, se acercó a la cama y puso boca abajo un cuadro, que se hallaba en su mesita de luz, con una foto suya sonriendo cuando tenía la mitad de la edad actual. Esperó un momento y se fue de su habitación, el ruido que hizo la puerta de calle al abrirse y luego cerrarse rompió el silenció que estuvo y estaba presente hasta ese instante. Una leve garúa que apenas lograban estar húmeda tocaba el cuerpo de Sebastian, que caminaba por la vida, por su mundo silencioso, ese mundo al cual siempre se iba para escribir. Lo hacía en cualquier momento, a cualquier hora, pero siempre en el mismo lugar. El nombre de la historia que quedó tendida en un cuaderno eterno en su cama era: Autobiografía con punto final.
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