¿Quién dijo que lo establecido por la mayoría es lo correcto?
Ya abatida la tarde, Umma hablaba con alguien en su espacio, al que las personas suelen llamar habitación. Parecía fluir un diálogo muy complaciente, del cual no se percató, o no quiso hacerlo, la madre de ella al entrar al cuarto para avisarle que la cena estaba servida. La niña manifestó no tener ganas de comer, así que se quedó donde estaba para luego dormir, pero mientras tanto seguía charlando.
Sus padres, preocupados porque su hija murmuraba cosas con alguien que en apariencia no existía, decidieron llevarla con los profesionales pertinentes, estos no diagnosticaron ningún problema en Umma, presentaba las características generales de una persona de su edad, y con 8 años, tener un amigo imaginario es algo muy común, les comentó el especialista a los padres.
Conforme pasaba el tiempo, esta presencia volátil y casi onírica se hacía notar más a través de Umma. Casi que la obligaba a tener ciertas contestaciones o inclusive actitudes no correctas, del todo. Cómo podrían hacer estos intranquilos padres para hacerle entender a su hija que esa cosa a la cual le hablaba no existía, si casi que ellos también la sentían, por medio de ella claro está. Algo de esa presencia extraña les resultaba familiar, pero nunca terminaban de descifrar qué era, ni por qué, tal vez por eso decidieron lapidar la remota posibilidad que “eso” existiese, dejando a su hija como una loca desquiciada, sin la mínima posibilidad que esta les explicara que veía, que sentía, quién le hablaba y quién, tal vez, le cambiaría el destino.
Los padres consideraron la idea de que su hija estaba entablando una relación con un espíritu, alguna especie de fantasma diabólico, alguien que había quedado atrapado en la casa por algún motivo y no podía liberarse de su hija. Buscaron en Internet, leyeron sobre otros casos, algunos hasta abominables, temían que a ellos les pasara lo mismo con su pequeña. No dejaban de leer las palabras muerte, sangre, gritos, desesperación. En todos los testimonios leían cosas muy similares y siempre daban con la misma solución, llamar a un parapsicólogo que les explique un poco lo que estaba pasando. A esta altura los enfermos eran los padres y no Umma, tampoco es que ella pareciera algún mal ni mucho menos. Blackhart, este era el nombre, o al menos así se hacía llamar, del médium con el que se contactaron los padres de la niña. Cuando llegó a la casa, el experto en fenómenos paranormales y en relacionarse con el más allá notó algo que no lo convencía, no era la sensación de siempre, no era el mal agobiante, no eran demonios, no era nada de esas cosas habituales para él. Inspeccionó toda la casa, cada rincón de la misma, minuciosamente, por momentos quedaba congelado como si viese algo que le ocupara demasiada atención, utilizaba amuletos y objetos extraños, nunca dejaba de negar con la cabeza. Repentinamente se sentó en un lugar que encontró por ahí, los miró a los dos y les explicó que no podía decirles lo que allí había, que de eso se tenían que encargar ellos, que no podía interferir en lo que sucedería, solo ellos podían cambiarlo todo, solo les aconsejó que abrieran los ojos y que en esa acción encontrarían la solución. Comentó algo así como que en ocasiones, lo que en principio sería para ayudar, podría provocar un reverso oscuro y que por más que sea involuntario las consecuencias pueden ser terribles. Concluyó su discurso con una frase que aparentemente leyó de uno de sus libros: “La represión en la historia solo acarreó consecuencias que ni me atrevo siquiera a pronunciar” Se retiró dándoles el pésame.
Los padres de la chiquita quedaron obnubilados ante tales palabras, pensaron pero no lograron descubrir a que se refería el vidente, o lo que era ese hombre, nunca lo tuvieron muy en claro. Solo se asentaba una fuerte culpa sobre Umma, para sus progenitores ella mentía, inventaba, deliraba, mas nunca se les ocurrió pensar que decía la verdad, que realmente veía algo, que hablaba con alguien. Es que cuando solo lo ve una persona y los demás no, damos por entendido que no existe, pero por qué. Por qué no cabe la posibilidad que haya otro mundo, que haya personas que puedan ver mas allá, que puedan ver el más allá. Se los tilda de locos, maniáticos, enfermos, se los interna, medica, se los excluye y se los aísla, tal vez solo porque descubrir que el otro tiene razón podría resultar terrible, cambiaría absolutamente todo. Es más, los cuerdos pasarían a ser los locos. Las locuras quedarían en el recuerdo. Imaginemos un mundo que de un momento a otro cambia todos los criterios de normalidad, reinaría el caos. Lo aceptado ya no lo estaría. Pues fue más fácil acordar entre los cuerdos que era lo correcto, lo natural y así castigar al diferente. Increíblemente desde los tiempos inmemoriales una especie de secta oculta y tenebrosa se formaba para luego derivar en lo que actualmente conocemos cono sociedad. La sociedad que reduciría al silencio a Umma, todo por ser ciegos y no ver lo que ella sí.
Un día los padres de la niña se levantaron e intuyeron que ya no estaba, rápidamente corroboraron la sensación, era como si nunca hubiese existido, no había indicios de que la hayan raptado, la puerta estaba cerrada por dentro, nada fuera de lo común, ni corrido de lugar, ni abierto, ni forzado, ni ultrajado, nada insólito, o todo. Salieron a la calle desesperados buscándola, preguntaron a la gente que vieron por ahí, pero nadie decía nada, solo los observaban extrañados, y Umma seguía sin aparecer. Esperaron 24 horas para poder hacer la denuncia. Llegados a la comisaría, como pudieron, entre la desesperación y el asombro, le contaron a los policías que les había pasado, estos labraron un acta con las declaraciones y les dijeron que había que esperar. Ellos regresaron a la casa como pudieron, bajaron del auto y antes de ingresar a la casa la madre de la niña entro en crisis, se puso a gritar, se tiró al piso, lloraba y se lamentaba, el padre de la chiquita como pudo la levantó del piso y la ayudó para que entre a la casa. Cuando abrieron la puerta, allí estaba ella, parada, mirándolos, abrazando a otra niña, más pequeña. Esa niña más pequeña era la presencia con quien todo el tiempo se comunicó Umma. Se llamaba, Celina. Una hija muerta y olvidada de los padres de Umma. Nada les importaba ahora que tenían de nuevo con ellos a su hija. Al verla junto a su hermana la recordaron rápidamente. Luego de hablar un largo rato con ambas y regañar a Umma por escaparse de la casa y llenarlos de temor, ya que algo malo le podría haber pasado en su ausencia, salieron a caminar por el barrio para despejarse un poco. No dejaban de abrazar a sus hijas, dialogarles y elogiarlas, inclusive se sacaban fotos con ellas. Pero había un detalle, las demás personas no podían vislumbrarlas, miraban raramente a los padres felices, pues para ellos estaban locos. Esto lo notaron, y no sabían que hacer para convencer al resto que sus hijas existían, y que eran tan reales como cualquier otra persona. Cómo no iban a existir si ellos las podían ver.
Es muy fácil acordar entre los cuerdos lo que es lo normal, para luego condenar a lo “anormal”, lo difícil es retraer las terribles consecuencias que esto puede conllevar.
Los infelices necesitaron recordar las palabras de Balckhart, “La represión en la historia solo acarreó consecuencias que ni me atrevo siquiera a pronunciar” Ahora lo entendían. Los recuerdos pesan mucho para andar con ellos de un lado para el otro.
Siempre, absolutamente siempre, existe un reverso oscuro.
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