jueves, 1 de abril de 2010

Vida de noche, muerte de día

Cuando se asesina la luz, solo queda vivir en las sombras y cuando parece que todo termina, en realidad, recién empieza.

De tan de noche era de día. Alma estaba acostada tratando de conciliar el sueño, en el último tiempo, el hecho de vivir en un orfanato le habría traído problemas para dormir. Tenía una extraña sensación de que las cosas no andarían bien.
Estaba a cargo de personas extrañas, que más que cuidar a los niños que vivían allí, parecían sofocarlos. Los chicos ingresaban, crecían, cumplían la mayoría de edad y eran liberados, pero ya no eran los mismos, o no eran los adultos que deberían ser.
Alma fue casi condenada por una jueza a residir en el orfanatorio, luego de que sus padres murieran en un terrible accidente. Accidente que no dejo rastros de los mismos, salvo algunos testigos que manifestaron creer haber visto lo sucedido, pero que no estaban seguros. Su madre y su padre eran su única familia, con tan solo 13 años esta niña quedó huérfana, a merced de la vida.
Pasado 5 años, Alma estaba a punto de cumplir 18. Sus ansias por estar fuera eran cada vez más grandes. Solo faltaban 3 días, quizás por eso no podía dormir, la incertidumbre por el qué vendrá se acrecentaba conforme pasaban los segundo, intentaba imaginar si su vida sería la misma, si sería más feliz, o por el contrario si le deparaba algo peor. Creyó que se le pasaría más rápido el tiempo si lo acompañaba en el jardín del orfanato, así que bajó hasta ahí. Este estaba ubicado en la parte central, rodeado de una inmensa construcción, casi se asemejaba a una vieja fortaleza, con miles de ventanas cerradas, con cortinas percudidas que apenas se animaban a moverse un poco. Ya abajo, se sentó en un de los tantos bancos y se relajó. Miró el césped, los árboles que se mecían por el viento, el cielo tímido y luego se detuvo en las grandes manchas de humedad que tenía el cemento antiguo que formaba las paredes. Notó que por un corredor caminaba alguien, pero luego lo perdió de vista, unos segundos después una voz que le erizo los pelos del cuerpo le dijo por detrás:
-Hola Alma, ya que son tus últimos días en este lugar te voy a dar algo para que no lo olvides, para que siempre te acuerdes de nosotros.
La agarró de la muñeca casi quebrándosela, y la arrastró a una especie de sótano oculto y profundo. Una vez allí la voz tomo forma de hombre en los ojos de Alma, ella reconoció quien era, antes que dijese nada la arrojó al piso desgarrándole la camisola blanca que le obligaban a usar en el orfanato, se bajó los pantalones y la ropa interior y abusó de ella. Hizo las cosas más aberrantes que alguien puede hacerle a una persona. Se puso sobre ella y la penetró una y otra vez enérgicamente, lastimándola cada vez que lo hacía. Alma tensionada y asustada solo lloraba y jadeaba de dolor, vergüenza, impotencia y casi por placer. El hombre una vez terminado el ultraje se volvió a vestir, se acomodó la ropa, amenazó de muerte a Alma si contaba lo que había pasado y se retiró dejándola tirada en el piso ensangrentada y en un estado de shock. Ella solo temblaba.
Solo el piso de tierra seca y resquebrajada sería testigo de lo que en el sótano había sucedido, los gritos de desesperación quedarían resonando hasta años después sin que nadie nunca los escuche ni se entere de lo ocurrido. Al parecer estaba destinada a ser un alma en pena. Luego, cuando logró tranquilizarse, salio rápidamente del sótano, como si eso hiciese que se borrase lo sucedido. Ya era de noche, cruzó todo el jardín, se dirigió a una escalera que daba al corredor en donde estaba su habitación, ingreso a ella y simplemente espero tratando de dormir, aunque no lo logró, por ello miro atentamente un crucifijo que estaba ubicado en una de las paredes entristecidas y se puso a rezar. Eso no solucionó nada, solo hizo que entre en pánico, sienta frío a tal punto que el mismísimo tiempo se congeló.
Sin saber cómo, el día de partida de ese lugar amenazador había llegado. Alma sin percatarse gestaba la destrucción de su propia vida, aunque ella creía que amanecían tiempos felices. Ya fuera, solo se dirigió a la casa que había heredado de sus padres. Al ingresar a la misma varios sentimientos se encontraron, desde la más remota felicidad hasta la más actual tristeza, miles de imágenes se le vinieron a la mente, la aturdían, la hacían reír y llorar al mismo tiempo, la estaban enloqueciendo lentamente. Dejó las pocas pertenencias que trajo del orfanato en el vestíbulo de la casa y subió a lo que años atrás fue su acogedor dormitorio, se lanzó a la cama y recordó cada olor de cada rincón de las épocas pasadas, de las épocas vividas, de las épocas que nunca regresarían. Al cabo de un puñado de días comenzó a sentir mareos, nauseas, antojos, esto sumado a la ausencia de menstruación hizo que recurriera a hacerse un test de embarazo. Para su desgracia, Alma confirmó lo que se convertiría en un futuro en el infierno absoluto, estaba embarazada, producto de una violación, maldijo el momento en que decidió sentarse en el parque del orfanatorio. Intento pensar una solución pero no pudo, desde suicidarse, hasta ir a asesinar a la maldita voz que le había causado tanto daño. Sus ojos estallaron de melancolía, el llanto era inevitable, estaba totalmente bloqueada, yacía en medio del baño sentada, tomándose de las rodillas, balanceándose y repitiendo una y otra vez por qué. Miró hacia muy adentro suyo y logró hacer una película de su vida, desde aquel trágico e injusto accidente que se llevó a sus padres hasta la respiración corrompida del abusador. Así pasaron 9 meses. Cuando despertó y reaccionó de esa condición en la que se hallaba, se vio con un varoncito en brazos que la miraba y le pedía disculpas por lo que había hecho su padre. Alma lo nombró Lucio. La tristeza de ella se traslado al ambiente, se condensó y se precipitó en forma de lluvia, no sabia como seguir, de alguna manera deseaba volver al orfelinato, aunque sus días allí no habían sido tan buenos tampoco. Sus jornadas se transformaron en noches absolutas, Alma se había hundido en la penumbra, la melancolía la carcomía por dentro, los únicos resabios de posible felicidad se los había llevado aparentemente el nacimiento de Lucio. Condena a la amargura infinita empezaban a formarse en la cabeza de la condenada algunas posibles soluciones, o lo que ella entendía como solución. Aunque los días estaban llenos de sol y felicidad, sus ojos reflejaban todo lo contrario, oscuridad y miseria, casi como un espejo que no quiere ver.
Solo pasaban los meses y el niño crecía cada vez más, era la paradoja más grande que una persona puede vivir. El nombre de su hijo se remonta a un pasado muy remoto, en el cual una monja del orfanato, a la que adoraba Alma, le había contado una historia, la misma quedaría grababa de por vida y marcaría a su oyente:
“…fue así como logró apartar el caos, destruir definitivamente las tinieblas y encendió la felicidad de todos los allí presentes, solo utilizo un poderoso resplandor que emanaba de su esencia, es por ello que lo llamaron Lucio…”
Llegado un determinado día, Alma no soportó más nada de lo que le estaba pasando, ni bien despertó, bajo de la cama, caminó paso a paso hasta llegar a donde se encontraba el hijo del violador, lo miró fijamente, cerró los ojos, tomo muy fuerte del cuello a Lucio y apretó tan fuerte que en minutos éste dejo de respirar y se torno de un color violáceo. Había sido tal la fuerza que aplicó al estrangularlo que el bebe ni siquiera pudo quejarse. Luego del crimen, se dirigió rumbo a la justicia a entregarse, llevaba arrastrando de un brazo al niño. Cuando entró al departamento de policías todos se horrorizaron. Una vez frente a la jueza la misma determinó que Alma viva de por vida en un sanatorio mental.
La vida, no contenta con haber tenido encerrada a Alma en un orfelinato durante varios años, ahora la destinó a una institución de salud psicológica.
Ya en su cuarto, y recién en ese momento Alma volvió a abrir los ojos. Sentada sobre la cama, se tomó de las rodillas y se meció una y otra vez.
Una sonrisa implícita subyacía en el rostro de Alma…

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