jueves, 1 de abril de 2010

Seducir Así

En ocasiones, las respuestas no están dadas directamente, hay que lograr pensar un poco más allá, entender el mundo como la otra persona, dejarse llevar por los razonamientos ajenos o bien cambiar de ubicación un par de letras...

Samantha era una adolescente extraña, poco sociable, con una infancia solitaria y subestimada, una belleza avasalladora, ojos que decían más que sus propias palabras, una extraña afición por los anagramas, actitudes que a cualquier persona le serian repulsivas. Quienes la conocían aseguraban que al mirarla fijamente se podía sentir como se perdía en un mundo totalmente maquiavélico y retorcido, un mundo al que nadie desearía ingresar, el cual nadie sería capaz siquiera de mencionar, un mundo sombrío…
Una noche cálida, húmeda, imperturbable y lluviosa Samantha invitó a sus amigas, Mara y Tristana a quedarse a dormir a su casa, mirar una película y por qué no hablar, de lo que a unas adolescentes de 17 años más les interesa, los chicos, después de todo era viernes y les quedaba por delante un largo y placentero fin de semana. La película a mirar era “Decisiones equivocadas”, lo curioso es que la misma la escogió a Samantha para ser mirada, o por lo menos eso es lo que ella le manifestó a sus amigas.
Tal vez la película no fue la adecuada, es viable pensar que la misma haría que esos sucesos aterradores surjan, broten los pensamientos más oscuros de las personas y desencadenen la tristeza innata de los seres humanos y los sucesos más terroríficos que los mismos puedan cometer.
Las tres acostadas en la cama de una plaza y media de la habitación de Samantha, del lado de los pies, observaban casi de manera enfermiza la película. Fruncían el ceño, entrecerraban los ojos, apretaban los puños, se miraban con asombro e incluso alcanzaron a susurrar angustia. El largometraje narraba una historia extraña, era una trasgresión de los parámetros normales de una ficción, casi que parecía salirse del plasma e invadir lentamente el dormitorio, infectarlo, hacerse realidad…
En un momento, Samanta corrió la vista del televisor y se quedo obnubilada mirando la ventana, o más allá de ella, quién sabe. El agua caía del cielo, impactaba contra el vidrio y se deslizaba lentamente hacia abajo dibujando caminos sinuosos, zigzagueantes, entremezclados, y cortos, sobre todo, cortos. Una lágrima inquieta nació del ojo de Samantha y murió en su mano. Una amiga le preguntó que le ocurría y ella secándose la gota se escudo diciendo que había bajado la temperatura y le dio alergia, por lo que se levantó a tomar un sweater y ponérselo, siguió mirando su destino.
Al otro día, al levantarse, la amiga no conforme con la respuesta de Samantha, le comentó que cuando la miró sus ojos no reflejaban nada, como si estuviesen muertos o cerrados, a lo que Samantha hizo caso omiso pero no así esa acotación dejo flotando en la conciencia de ella la idea de final, de ausencia de vida, de muerte. Todo continuó muy normal, bajaron a desayunar y la empleada de la casa les tenía todo preparado.
Los padres de Samantha siempre estaban muy preocupados por cosas más importantes, el papá por mantener en pie su empresa, cambiar su coche cada mes y mejorar en el golf y la madre por gastar dinero en ropa, cosméticos, tratamientos innecesarios, costosos e inútiles. Para la familia la joven era un desatino del pasado, marcado en el presente. No la tenían en cuenta, nunca en sus miserables vidas asistieron a los actos ni a las reuniones escolares, para el cumpleaños solo le obsequiaban algo a modo de ostentarle a sus vecinos su poder adquisitivo, no conocían los gustos de su hija, ni sus necesidades, la criaron en una cuna de dinero y desamor absoluto. Tenía todo, y a su vez nada. Superando todo esto Samantha llego a su actual edad destruida sentimentalmente, pero con dos amigas, las que se encontraban desayunando con ella. Al terminar de hacerlo, casi sin consultarse mutuamente, decidieron salir de Shopping, a uno cercano, de todos modos la distancia no importaba, porque las llevaba el chofer de la familia. Luego de producirse y estar prácticamente saliendo Samantha tuvo un brote de contradicción por lo que resolvió no ir, insistió en que Mara y Tristana fueran sin ella y subió a su dormitorio sin percatar que sus amigas se habían quedado a su lado. Una vez arriba, se tiro en su cama, rodeada de un paisaje penumbroso, con una prolijidad casi mortal, una muñeca vestida de negro al lado de la computadora que la miraba como queriéndole decir algo y un denso aire se quedó contemplando el techo de su habitación pintado de un color extraño, tomó un cuaderno en que el solía escribir y desahogó sus penas más profundas, o por lo menos eso intentó. A veces se cuestionaba las más intrincadas e indescifrables preguntas, como por qué los padres decidieron tenerla sino la iban a querer, si la iban a pasar por alto, se le iban a pulverizar el alma, haciéndola crecer inmersa en la desesperanza, la angustia, el dolor, la soledad, el recelo, el odio, en una inestabilidad emocional que empezaría a trazar las líneas de un futuro evidente. Llorar desconsoladamente ya no solucionaba las cosas, ya no producía sosiego, solo enfatizaba el padecimiento insoslayable de un alma casi en pena. En una oportunidad Samantha alcanzó a escribir en su cuaderno titulado Las penas de un alma, casi sin pensarlo, que había nacido físicamente y que se había muerto de espíritu, dado que el mismo sabía de este presente que en ese momento era futuro y decidió perecer. Era tal la dolencia que cuando se miraba al espejo el mismo no la reflejaba, sino que mostraba la silueta apagada de lo que antes era una persona. Pasado un tiempo el estado deplorable de la joven había empeorado a tal punto que empezaba a oír voces frías y tensas que venían de un entorno cercano y conocido que la tentaban a cometer los actos más escabrosos que un ser humano pudiese llevar a cabo, como asesinar a sus padres. Ella ahora no solo debía luchar contra su vida sino también contra estos susurros malintencionados que intentaban empujarla en la perdición absoluta. La mente de Samantha era una turbulencia esquizofrénica que la tenía tendida en la cama, ella yacía inmóvil sobre la misma, empezaba a sentir frío, como si la parca la tomase de la mano y la invitara a recorrer el camino de la solución definitiva a su problema, la muerte.
Samantha despertó del letargo, se había quedado dormida, no sabía que había sido un sueño y que era realidad, pero no tardó en descifrarlo al ver sentada en el final de la cama a una niña sonriente y feliz que la miraba fijamente, fue en ese instante en el que comprendió que sus más profundos deseos se reflejaban creando la imagen de lo que nunca fue ni sería: una persona alegre. Se incorporó lentamente de la cama, como tratando de hacer que el tiempo no pase, recorrió la inmensa casa, se dirigió a la habitación de los padres, los miro casi eternamente mientras buscaba el revolver que sabía tenía su padre escondido y volvió a su dormitorio, le cubrió la cara a la muñeca que siempre la observaba como queriéndole decir algo, dejo caer una lagrima y antes que cayera otro se pegó un tiro en la sien, justo en ese instante sus amigas Mara y Tristana se fueron para siempre. Los padres sobresaltados acudieron corriendo al cuarto de su hija, la madre al verla bañada en sangre sobre la cama, le tomo la mano al padre y preguntó en voz alta: ¿qué dirán los vecinos? Bajaron, quién sabe a qué…
Una brisa suave que ingresó por la ventana corrió apropósito unas hojas del cuaderno abierto, manchado con sangre y dejó ver algo que había escrito Samantha seguramente antes y en una especie de código solo descifrable para quienes la conocimos, en la que explicaba que la única solución que encontró para terminar con su inmortal sufrimiento fue SEDUCIR ASÍ

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